La sociedad se divide en dos clases de personas: aquellas que pueden entender que el otro ve las cosas diferente, desde su punto de vista, y los que no comprenden cómo corno una persona puede pensar distinto que ellos/ellas. Desgraciadamente los que entran en esta última categoría parecen ser mayoría y ahí está el problema. Esto, hay que decirlo, tiene alguna lógica. La evidencia de la complejidad del mundo es, hoy más que nunca, abrumadora. Vivimos en una especie de océano fluido de pequeñas islitas donde descansar. En ese mar tormentoso las supuestas verdades, los prejuicios, las afirmaciones, son como troncos a los que nos aferramos para no ahogarnos. La joda es que, si nos agarramos a ese pedazo de madera para
siempre, el riesgo es no avanzar, quedarnos en el mismo lugar, jamás alcanzar la islita para reposar. En resumen, defender a rajatabla lo que uno cree sirve siempre dentro de un contexto, y con la condición de intentar comprender por qué otros piensan distinto, para estar dispuestos a abandonar el tronco que nos salvó de ahogarnos y agarrar otro que nos ayude a llegar a tierra. En definitiva lo que significa es que hay más de una manera de ver las cosas.
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